La otra guerra

Fuente: Página Siete.

Augusto Céspedes publicó un solo poema en su vida, y es el que introduce los cuentos de “Sangre de mestizos”, que figura entre los mejores libros de narrativa sobre la guerra del Chaco. “Terciana muda” (así titula el poema), es todo lo que no nos cuentan de la guerra, de la misma manera que lo es “Chaco” (2019) el largometraje de Diego Mondaca. 

Cuando hace varios años Diego compartió conmigo su guion original, la lectura del texto no me hizo suponer que la película resultante sería espléndida. Al verla he quedado convencido de que se trata de la mejor representación cinematográfica de la guerra, muy cercana al espíritu de Augusto Céspedes y de quienes vivieron esa parte oculta: la derrota contra el enemigo invisible. 

Se trata de una obra compleja y narrada con una voz muy personal por el autor de “La chirola” y de “Ciudadela”. Sin duda, es su obra de madurez. Nada sobra y nada falta en esta película que podría representar dignamente a Bolivia en cualquier escenario mundial. Si en lo personal Mondaca despierta recelos en su generación por diferentes motivos, nada de ello le hace mella a “Chaco”, obra lúcida y ambiciosa. 

El filme habla de la “otra guerra”. Aunque su título nos remita a la guerra del Chaco que sostuvieron Paraguay y Bolivia, la parábola narrada por Mondaca podría aplicarse a todas las guerras donde los combatientes son llevados a enfrentarse por la irracionalidad de los políticos. 

La guerra que libran es con frecuencia una guerra contra un enemigo invisible, al que no ven, con el que se identifican como peones de jugadas que se deciden en salones donde nunca accederán. El verdadero enemigo, el que aprieta fuerte, el que desespera, el que enloquece a los soldados y oficiales, es un enemigo más hostil que un balazo: el hambre, la sed, la incertidumbre, el aislamiento o la desorientación física.

Los personajes de Mondaca, como los de Céspedes, han perdido la guerra sin haberla librado. Deambulan entre arbustos espinosos a la deriva, hacia un horizonte que se aleja y los enrosca como una serpiente de fuego.

Mondaca construye su parábola a través de un pequeño grupo representativo: un capitán alemán, dos tenientes bolivianos, y la tropa, veinte en total. Todos ellos sufren las mismas condiciones, aunque el militar extranjero se obstine al principio en mantener ciertos privilegios: una silla para sentarse y loza de porcelana dorada para tomar el té (además de una enorme muñeca que aparece como una alegoría de sus recuerdos más entrañables). 

En esa escuadra extraviada, que busca improbablemente la ruta hacia el fortín Nanawa, se tejen relaciones humanas que nos dicen mucho más de la guerra que los disparos, los cañonazos y las escenas espectaculares de gente volando por los aires. Aquí, en verdad, solo salen dos disparos de las armas del pequeño destacamento, solo dos disparos en toda la película (minuto 62), y son los de la desesperación de dos soldados que toman la decisión extrema de suicidarse. “El suicidio es un asesinato tímido”, escribió un autor que no recuerdo ahora. 

Las imágenes iniciales del filme parecen de esperanza: una lluvia copiosa baña a los soldados cuya sed se confunde con la esperanza. Pero a partir de allí el camino será muy difícil, circular y sin horizonte. 

El realizador ha hecho un trabajo de investigación meticuloso, pero no ha dejado que los datos o las cifras invadan su mirada cinematográfica. No hay nada peor que una película de ficción que pretende contenerlo todo y convertirse en un sesudo ensayo. La referencia de “Chaco” es la literatura, la fotografía y el mismo séptimo arte. No es la primera película en la historia del cine que habla de soldados extraviados y acosados por un entorno hostil, pero es la que nos toca de más cerca y la que nos muestra códigos reconocibles: la manera de hablar, las relaciones sociales entre oficiales citadinos y soldados aimaras o quechuas, la bola de hoja de coca en el carrillo, la lealtad entre compañeros de infortunio, o el valor de la sobrevivencia. 

Ciertas imágenes evocan las fotografías del Chaco que Luis Bazoberry convirtió en postales (todavía conservo un juego de la edición original). Mondaca tradujo en color las imágenes de los “fortines” que no eran otra cosa que campamentos miserables: una trinchera, alambrada de púas, una carpa y una tricolor boliviana colgada en el palo más alto que se podía encontrar.

Cero espectacularidades, porque para eso está el cine comercial, el que quiere vender explosiones aparatosas. Aquí son importantes los silencios y entre ellos adquieren mayor relevancia las palabras que cruzan los soldados. El agotamiento es tan grande, que apenas pueden hablar, no hay espacio para discursos grandilocuentes. Lo entiende el capitán alemán y el último soldado raso, entre quienes se teje una complicidad que crece con la proximidad de la muerte. Cada quien cumple con el papel que le ha impuesto la historia, y parte de ese rol es seguir adelante, aunque ya no quede un ápice de esperanza. “Yo tuve un ejército de 80 mil hombres”, dice el capitán en su delirio. 

Los gestos simbólicos se mantienen: izar la bandera cada día, el ascenso del soldado a cabo, la voluntad de no desfallecer y de avanzar (aunque sea en círculos). En realidad, todos saben que nada de eso tiene sentido en medio de la agonía colectiva, pero el ritual alarga un poco la sobrevivencia. Los uniformes raídos y sucios, el tintineo de las cantimploras abolladas y vacías, las ojotas en vez de botas… todo es verosímil, tan real que nos parece sentir el olor de los cadáveres descompuestos en la escena que muestra la llegada a un campamento abandonado. Solo la bandera boliviana parece recién salida de la tintorería. 

La crítica a la irracionalidad de la guerra, de todas las guerras, se hace a través del discurso de las imágenes, evitando cualquier recurso retórico que empobrecería una obra cuya elocuencia no descansa en las palabras. Chaco no tiene un discurso heroico pero muestra la cotidianidad de los héroes reales que vagan por el laberinto de la soledad. El heroísmo resignado de los soldados constituye la esencia de toda guerra: no tienen otra opción, nadie les preguntó. En ese espacio del Chaco fronterizo, sin tiempo ni brújula, el resto del mundo parece lejano y remoto: “Todos hemos terminado en el mismo pozo”. 

Además de su talento como realizador (la dirección y posproducción son impecables, y la música de Alberto Villalpando es hermosa), Mondaca muestra su habilidad como productor (obtuvo apoyo de innumerables instituciones y fondos concursables (Intervenciones Urbanas, INCAA, Cine Argentino, Color Monster, Ibermedia, etc.), y promotor, ya que supo recorrer el calendario de festivales aún en tiempos de pandemia, obteniendo en los primeros meses, antes del estreno en Bolivia, media docena de reconocimientos internacionales.